(Este viaje lo hicimos en octubre de 2007, el texto lo he sacado del diario de viaje que escribí por aquel entonces)
Estambul empezó siendo decepcionante, y no por el aeropuerto, que no deja de ser como todos, si no por que Alitalia nos perdió el equipaje, con el tiempo y después de ciertas indagaciones por mi parte construí mi propia teoría sobre lo que le pasó a nuestro equipaje, en dos palabras vagancia extrema.
Imaginaos el panorama, un país que no es el tuyo, que hablan un idioma que te parece chino (al menos en chino-mandarín se decir hola) y del que no te suena ni una palabra, sin tus maletas, que contienen además de tu ropa, las pastillas para la migraña, que por cierto, gracias Murphy, no tubo otro día mejor para atacar que ese precisamente, ¿A que da miedo?.
Dado que nos tocó quedarnos mas tiempo en el Aeropuerto, para hacer parte por lo de las maletas, llegamos al hotel a eso de las 5.30, pero no nos achantamos y decidimos salir a inspeccionar el terreno, aún con un dolor de cabeza que parecía que se nos iba a partir de dos, y digo 'nos' porque a mi Ferdi al final, sea por osmosis, por simpatía o por intentar hacerle comprender a una trabajadora del aeropuerto durante un buen rato en un ingles macarrónico, que nuestras maletas eran de tal color y de tal forma o que nos alojábamos en tal hotel, también acabó por dolerle.
Nuestro hotel estaba muy bien ubicado, en el barrio de Sultanahmet, justo al ladito de Santa Sofía y de la mezquita azul, nos dimos una vuelta por los alrededores, y llegó la primera imagen de Estambul, Santa Sofía con la Mezquita azul al frente y que os voy a decir... emocionante. Era mi primer viaje a un país musulmán, ya se lo que alguno estaréis pensando, Turkia es secular, pero es como decir que España es un país laico, sí, lo dice la constitución, pero nuestras fiestas, nuestras tradiciones están enraizadas en el cristianismo por mas que nos declaremos laicos.
Era la primera vez que me acercaba al Islam y para rizar el rizo... ramadán. 'LAILAHE ILLALLAH' es lo que ponía en el letrero luminoso que había colgado entre dos alminares de la mezquita azul. Luminoso es mucho decir, unas cuantas bombillas formando la frase, ¿hortera? Pues sí, es lo que me pareció, pero que voy a decir si aquí para navidad solo nos queda poner laseres en los campanarios. Al día siguiente descubrimos que semejante despropósito luminoso estaba en todas las mequitas grandes, en la de Suleiman, en la nueva.... Al ser Ramadán y domingo, cuando anocheció los jardines que hay entre Santa Sofía y la mezquita azul se llenaron de gente con cestas y bolsas llenas de comida, la clásica manta para picnic y se dispusieron a cenar, aquello parecía la puerta del sol en nochevieja. Nos habían comentado que todo el mundo se echaba a la calle a la puesta del sol pero nunca me lo hubiera imaginado así, toda la familia al completo celebrando en la calle la comida más importante del día, y nosotros… alucinando.
En nuestro primer día, completo, en Estambul decidimos que lo primero a ver era la mezquita azul y casi nos costó todo el día, solo se podía visitar fuera de horario de rezo y además nadie nos comunicó que los turistas entrábamos por una puerta lateral, por lo cual y hasta que nos dimos cuenta de todo esto nos dio para darnos una vuelta por la zona de merkal. Una enorme cantidad de calles con tiendas reunidas por gremios, facilísimo perderse entre ese laberinto, parece que toda la ciudad sea un mercado. El tiempo nos cundió también para ver los alrededores de la mezquita, la plaza de Sultanahamet, la antigua localización del hipódromo de Constantinopla, donde están el Trípode de Delfos mas conocida como la Columna de las Serpientes y el obelisco de Teodosio increíblemente bien conservado. Por allí cerca tuvimos nuestra primera experiencia con un verdadero vendedor de alfombras o lo que es lo mismo, un genuino encantador de serpientes. Primer consejo, si viajas a Estambul no compres alfombras en la primera tienda que veas y mucho menos en una que hay detrás de la mezquita azul, te dirá que Mercedes Milá compró allí muchas e incluso te enseñará una foto que tiene con ella, pero sus alfombras son el triple de caras que en otras, aun regateando, si de verdad queréis comprar alfombras hay una tienda que se llama el rincón de Fehmi , tal cual, en castellano, me dio muy buena impresión y eran más baratas, ni que decir tiene que nos vinimos de Turquía sin comprar ninguna.
Como lo de entrar a la mezquita parecía una misión imposible decidimos ir a la cisterna Yerebatan, que está al lado. Impresiona sus dimensiones, la cantidad de columnas, 336, aunque lo verdaderamente impresionante es su construcción, el que haya llegado hasta nuestros días en tan buenas condiciones y el que hasta hace bien poco todavía cumplía la función para la que fue construida. Como curiosidad la base de dos de sus columnas son sendas cabezas de medusas colocadas una boca abajo y la otra de lado. De aquí saca el nombre uno de los locales con mejor pinta de los que estuvimos ,el Medusa, un poco caro pero muy tranquilo y además no te agobian a la puerta para que entres. Eso es una de las cosas que peor llevamos de la ciudad, lo pesados que llegan a ser los 'estambuleños' para que les compres lo que sea o entres en sus locales a tomar algo, llegan a ser cargantes, estoy segura que si pudieran te venderían a su madre. Una vez que te acostumbras a sonreír y decir no gracias se hace mas llevadero.
Al salir de la cisterna decidimos ir a comer, mi segundo consejo, no vayáis a las zonas turísticas os darán el palo, buscar donde comen los autóctonos, la comida es más autentica y lo mejor, más barata. Para nuestra primera comida en la ciudad fuimos a una zona de restaurantes que hay cerca de la mezquita al lado de la entrada de la cisterna Yerebatan, ya sabéis, turística y por supuesto nos dieron el palo
Por fin a la tercera va la vencida y entramos en la mezquita por la entrada de turistas, antes nos quitamos los zapatos y me cubrí la cabeza. Por fin allí estaba, tan enorme que te das cuenta de lo poca cosa que eres y tan abarrotada de gente que te das cuenta de lo borregos que somos. Los unos rezando , haciendo fotos los otros, yo siendo atea (gracias a dios como diría mi vecino Luís Buñuel) me dediqué a esto último, bastante complicado sin flax.
Dentro de las mezquitas existen dos zonas diferenciadas, una para rezar las mujeres y otra para los hombres, en la mezquita azul y en la de Suleiman las mujeres rezan detrás de un enrejado de madera en la planta baja y en una planta superior desde donde hay una vista magnifica, no pude por menos que pensar que ningún hombre tendría semejante vista de la mezquita ¿discriminación positiva?. Algo que me pareció curioso allí y en las demás mezquitas que visité es la cantidad de rosarios que hay esparcidos por el suelo, imaginé que la gente los tomaba para rezar y luego los devolvía para que otra los usase.
Después de pasear un buen rato y de volver a darnos cuenta de la cantidad de gente que salía otra vez a cenar por los jardines, decidimos que era nuestro turno. Encontramos una calle llena de pequeños restaurantes con la mesas en la calle donde cenaban un montón de gente que no nos parecían turistas y allí nos quedamos, kebap de pollo, que no doner, y una ensalada, muy bueno todo, ni que decir tiene que nos salio tiradísimo de precio, volvimos unas cuantas veces, por si le interesa a alguien la zona estaba por la estación de tren en Sirkeci.
Seguramente que Estambul tiene una gran noche, pero nosotros llegábamos tan reventados al hotel que solo una noche se nos hizo mas tarde de las 11 antes de ir a dormir, así que si alguien espera que aquí le cuente que hay un barrio lleno de discotecas y bares para pasar una verdadera noche de fiesta, que no siga leyendo, se decepcionará.
En nuestro segundo día entramos en la iglesia de Santa Sofía que es un museo desde 1935. Su estado es decepcionante, y no solo por estar restaurando la gran cúpula, sentí en el ambiente una especie de desgana y abandono por ella (inconcebible en una mezquita encontrarte con un gato campando a sus anchas). Pero también sobrecogen sus dimensiones. A la salida de allí nos encontramos con un guía que vendía un paseo por el Bósforo, hablaba un perfecto castellano y solo costaba 15 euros (el que nos vendían en la agencia eran 50), sí ya sé que por nuestra cuenta podíamos haber tomado un Ferry y ver lo mismo, pero nos apetecía que alguien nos explicase que es lo que veíamos. Nos emplazaba allí mismo a las 4 de la tarde para hacerlo. Nuestra siguiente visita fue al mercado egipcio de las especias. Al que no le gusten las mezclas de olores intensos que no vaya, a mi me fascinan las especias y sus aromas, así que continué con mi estado habitual desde que llegamos a Estambul, aluciné. Compré pimientas, roja y mezcla de todas las clases, curry, tandoori, nuez moscada y té de manzana, además de delicias turcas o lokum.
Después de comer fuimos a encontrarnos con Martín, el guía. Éramos unas 11 personas, el barco era más pequeño y un poco más viejo que lo que se veía por allí, pero tenía su encanto. Vimos los palacios y la villas de la ribera del Bósforo, nos asombramos al conocer sus exorbitantes precios, tomamos un té cuando el viento y el frío nos obligó a bajar de la cubierta y descendimos en la parte asiática de la ciudad a dar un paseo. Un puente y un brazo de mar es lo que separa un continente de otro, parece poca distancia pero nosotros la ampliamos, en todos los sentidos, se detecta cierta diferencia en ese lado de la ciudad, sutil, pero ahí está.
Para la cena decidimos entrar en un restaurante que veíamos todos los días cuando íbamos hacia el hotel, más que restaurante es como una pizzería al estilo turco, como había leído en algún sitio que en Turquía tenían una sopa de lentejas rojas bastante típica decidí tomarme una y me gusto tanto que en todo el viaje me la tomé unas tres veces.
En nuestro tercer día entramos al palacio Topkapi, nos comentaron que en una hora y media podías verlo, al final de la visita imaginamos que nos quisieron decir que podías echarle un vistazo por encima. Estuvimos toda la mañana y eso que no entramos en el harem. Es bastante grande, no es un Versalles, pero para pasar unas cuantas horas da. Tiene unas vistas impresionantes al Bósforo desde uno de los patios y exponen el tesoro. Imagino que las joyas que allí se exponen no las lucirían a menudo, unos pedruscos que podrían originar rectificación de la lordosis cervical.
Después de comer por la zona donde lo habíamos hecho todos los días, calle arriba calle abajo, tomamos el tranvía y nos fuimos a la calle comercial de casi dos kilómetros, Istiklal. Está en la zona nueva, desde sultanahamet son siete paradas hasta kabataş y de allí el funicular hasta Taksim y allí empieza una calle largísima llena de tiendas, algunas nada baratas. Para mi gusto es algo que puedes obviar en el viaje si no fuese porque sigues bajando y acabas encontrándote con la torre Gálata.
Para cenar esta vez, aunque por el misma zona, fuimos a otro restaurante un poco más ‘sofisticado’ eso quiere decir que era algo más turístico y un poco más caro que por donde habíamos estado hasta el momento. Comimos unas hojas de parra rellenas de arroz que eran una delicia, y una lubina de quitar el sentido, como habréis visto hasta ahora soy buena comedora y no le hago ascos a casi nada, solo al humus, que es un paté de garbanzo (odio los garbanzos) y también lo probé.
En nuestro cuarto día en la ciudad fuimos a la mezquita de Suleimán. Es la segunda más grande de Estambul y la panorámica más fotografiada de la ciudad, como el ramadán había terminado ese día o porque allí no van tanto a rezar, estaba casi vacía, un lujo para la vista. En el exterior de la mezquita está el mausoleo de Suleiman ‘el magnifico’ y el cementerio. Bastante curioso, acostumbrados a ver en los nuestros esas lapidas con las fotos de los difuntos que dan mas bien grima, angelotes o vírgenes tallados en el mármol. Lo que se ve allí son unas pequeñas columnas en diferentes tamaños, talladas con filigranas, flores y lo que imagino que será el nombre del difunto en arabe, un idioma a mi modesto parecer bellísimo para tallarlo en piedra, en estuco o pintarlo, Daba una extraña sensación de pequeño bosque de piedra.
Ese día nos dio para acercamos a la universidad, en los jardines está ubicada la Torre del fuego de Beyazit y al Gran Bazar, como ya nos habían recomendado antes de comprar allí es mejor mirar precios fuera, son mucho mas caros y aun regateando acabas pagando casi el doble, otro consejo mirar buscar y comparar. Aunque sabes cuando entras que van a intentar estafarte, el Gran Bazar es un espectáculo en si mismo. Y al final tanta preparación para que no te tomen el pelo que la final ocurre. Si un limpia botas muy amable te ofrece llevarte a un restaurante donde se come bueno y barato, la respuesta es No gracias, se empeñará en llevarte y después cuando hayas aceptado te querrá limpiar las botas y como lo hará ... cuando le vayas a pagar, ni preguntes, te sacas unas monedas (fijaos que en ningún momento digo billete) se las das y por mas que despotrique, ni caso. A nosotros no tomaron de la mano el primer billete que Ferdi saco del bolsillo y por mas que les dijimos que de eso nada, con el billete que se fueron, unos 15 euros al cambio. Lo que más nos jodió es que nos tomaran por tontos turistas ricos, si no hubiera sido por que había demasiada gente por allí os juro que llego a las manos.
En nuestro ultimo día en Estambul o más bien medio día, fuimos a ver la mezquita de Rustem Paşa. Es una preciosidad, una pequeña joya escondida entre callejones, si no la buscas seguro que pasas delante de la puerta y ni te enteras, aunque llamarlo puerta es mucho decir. Al estar construida sobre la terraza que proporcionan unas casas, de aspecto oscuro, tienes que entrar por un callejón y subir unas escaleras, negras cómo la boca de un lobo, para de repente salir a la luz del día en un espacioso patio. El interior es tan pequeño como parece por fuera, pero es una delicia, los azulejos son hermosísimos, yo diría que los mas bellos y coloridos de todo Estambul y lo mejor de todo, no había nadie, ni un alma. Toda esa belleza solo para nuestros ojos.
Menos mal que no dejamos para el final ningún bazar o museo, era el primer día de fiestas después del ramadán, la fiesta de los caramelos o del ramadán, así llaman a ese día. Todo cerrado, las calles estaban llenas de crios sin colegio, todos estrenando trajes cuatro tallas mas grandes.
PD:
Se nos quedó en el tintero algunas cosas por ver como el palacio Dolmabache, el haman de Roxelana, algunas mezquitas, el museo arqueológico o la iglesia museo de Chora pero me fui con la impresión de que, quitado el día de la tomadura de pelo por parte de los limpiabotas, no perdimos el tiempo.
Los lokum me los acabé comiendo todos yo. Todavía me quedan especias, la nuez moscada recién rallada le da un toque increíble al calabacín, en tortilla o rebozado, el pollo tandoori no tiene ni punto de comparación desde que volví de Estambul, el curri le da un toque especial al arroz basmati con verduras que no se lo da ninguna otra especia, y las pimientas recién molidas no se parecen en nada a las de bote.
Me ha sido imposible insertar fotos en el este post. Así que las podré en el apartado fotos.


Darío era un hombre alto, demasiado alto para los cánones de su tiempo, a finales del siglo XIX alguien que midiera 1,85 era poco menos que un gigante, por demás que mal visto si no eras el señor de la casa y Darío no lo era.
Hace cosa de una semana, una araña fue cabecero de los noticiarios, un arácnido al que le dio por escalar sobre la blanca ropa de aquel que llaman Sumo Pontífice, mientras él, en casa lo llamamos Susan, daba un discurso en el castillo de Praga en su visita a la Republica Checa. Me dio por pensar, no sobre el comportamiento del Papa que tardó un buen rato en quitarsela de encima, demostrando, según dicen algunos, un gran amor por todo bicho viviente o en el paralelismo que otros ven entre esa araña y la mosca de Obama.
