Llega el buen tiempo y con él mis adorados amigos los arácnidos y los blatodeos. A los primeros les tengo un miedo cerval a los segundos un asco que roza el vómito, exagero un poco con esto último pero es que las cucarachas me enervan, hacen que se me pongan los pelos de punta y siempre que me encuentro alguna, una especie de gruñido me sale de la garganta, que sin ser yo mucho de gritar,  por algún lado tiene que salir mi frustración por la existencia de semejantes engendros.

Cierta vez lei que las fobias eran poco menos que hereditarias, algo escrito en nuestros genes nos alertaba de que cierto animal o insecto era peligroso para nuestra salud, o inducidas por nuestros padres. Para lo primero no puedo ofrecer más información que el honorable Punset no pueda dar en su programa de televisión, para lo segundo nadie en mi casa han tenido nunca fobia a las arañas, aclaro, a mi hermana la única fobia que le producían los arácnidos eran las manchas que yo iba dejando por las paredes de casa cuando me encontraba con una y me alcanzaba el valor para espachurrarla. Valor que últimamente ha desaperecido.

A las cucarachas normalmente las intoxico con cantidades ingentes de insecticida, seguramente el día de mi defunción si toca hacerme una autopsia descubrirán mis pulmones repletos de esa misma sustancia tóxica pero ¿qué importa un pulmón cuando está en juego el dominio de mi cuarto de la caldera?

Antes solo contábamos con nuestras cucas autóctonas, negras, pequeñas, si no les prestabas demasiada atención, las podías llegar a confundir con escarabajos, que son un poco más soportables. Pero ahora, para mi desgracia, no solo nosotros y el virus de la gripe tenemos la facilidad de viajar de un continente a otro. Todo aquel que me conoce sabe que soy defensora de la mezcla de razas y culturas y que la integración es necesaria, nos enriquece cuando somos capaces de asimilar lo que nos llega de allende los mares,  pero cuando son cucarachas... más grandes que las nuestras, de color rojizo y que encima ¡vuelan¡. De repente me sale un ramalazo conservador, aunque solo sea en el mundo entomológico, y digo no a la inmigración¡¡¡.

 Me cago en la globalización.

Ahora no solo tengo que mirar en el suelo para ver si alguna ha pasado mi trampa toxica, ahora tengo que mirar si me dejo la ventana abierta no sea que vaya a entrar una de esas ‘cucarachas emigradas' por la ventana, como si fuera el hombre del saco.

Está claro que jamás habría podido ser entomóloga y que alguien lo quiera ser me es tan extraño como para un antitaurino tener un hijo que quiera ser torero.