Aún con un mal rendimiento por parte mis ovarios, hubo suerte y dos óvulos se fecundaron, pero aquí acabó la buena suerte. El domingo supe a ciencia cierta que este ciclo de 'invitro' no había llegado a buen puerto.

Cuando te ilusionas por algo y no concluye felizmente puede darte por recluirte en ti misma o por enfadarte con todo el mundo, a mi me ocurrió una rara mezcla de las dos cosas, máxime cuando mientras tu estás representando el papel de mujer adulta y fuerte en una comida familiar, tus dos cuñadas, las dos embarazadas, no hacen más que comentar si a una le toca la eco de las doce semanas y a otra la de las treinta y seis, no sabía si gritarles que se callaran la puta boca o seguir leyendo el periódico, así que mentalmente mientras les mandaba cerrar el pico seguí callada leyendo. Un enfado silencioso.

Escribí la tercera entrada al diario el lunes, cuando ya creía que se me había pasado la tristeza y el enfado, pero cuando ayer estaba a punto de subirlo lo releí y me di cuenta que era tan gris y plomizo como el día otoñal que había hecho y fue directamente a la papelera. Realmente  me encantan los días de lluvia otoñales. Para mi un día perfecto es cualquiera de entre Septiembre y Octubre, lluvioso y ventoso, detrás de los cristales de casa, o a ser posible de los de una cafetería con un cortado en la mesa y conversando con una buena amiga, y he decidido que un post mío no se puede parecer a uno de esos días que tanto me complacen.

Además nunca me ha gustado que los sucesos mi vida, aquellos en los que  no eres más que el sujeto sin el poder de la decisión me afecten más de lo necesario, ¿qué mis embriones eran demasiado pequeños para que se implantaran? ¿qué le voy hacer? Nada. O que por mucho que me cabreé acabaré con artrosis como mi madre, pues 'ajoyagua'. Como dice ella, si te enfadas por tonterías simplemente te buscas dos faenas, enfadarte y desenfadarte. En esta vida sólo hay una cosa que no tenga solución.  

Aunque la tristeza haya dejado paso a la frustración, tanto tiempo perdido en falsas ilusiones, en viajes, en cabreos, en inyecciones, en moratones en la barriga y en los brazos, en lagrimas contenidas y nudos en la garganta o en un síndrome premenstrual más largo que un año sin pan....se que no está en mis manos. A si que voy a usar mi lema para cuando me entran ganas de mandar todo al carajo: Para lo que me queda en el convento, me cago dentro.