Darío era un hombre alto, demasiado alto para los cánones de su tiempo,  a finales del siglo XIX alguien que midiera 1,85 era poco menos que un gigante, por demás que mal visto si no eras el señor de la casa y Darío no lo era. 

Siempre fue criado, como hijo y nieto de sirvientes su papel estaba bien definido antes de que naciera aunque su porte dijera lo contrario. De factura fuerte, cabello moreno y ensortijado y unos ojos negros como la noche, perspicaces y de mirada inteligente,  era lo que entonces se llamaba un mozo de buena planta, en la ciudad podría haber sido de ayuda pero no en una Masada, máxime cuando el amo era un viejo déspota. 

Don Federico cacique a ultranza, era un ser envidioso y egoísta , por envidiar lo hacia  incluso de los pocos momentos de felicidad que pudieran sacar su criados en esas charlas nocturnas en la cadiera, donde, con la simple luz de las ascuas y descansando de una dura jornada, Ismael ‘el abuelo' contaba cuentos y fábulas que hacía a los chiquillos esconderse bajo las sayas de sus madres y a los mozos sonreír al recordar las veces que había contado la misma historia  o de la dicha del Jenaro por el  nacimiento de un varón después de tres partos todos con el resultado de niña. El corazón del patrón era tan negro y estaba tan lleno de miseria que llegaba incluso a envidiar la juventud y el porte de Darío. Si había alguna tarea dura o desagradable era a él a quien se la encomendaba. 

Si su estampa era de poca ayuda, sí lo eran sus manos,  fuertes para arrancar un tocón de su prisión en la tierra y delicadas para ayudar a nacer a un potrillo atravesado en el vientre de una yegua o el conocer los signos del tiempo, aquellos que le decían si iba a llover, nevar o lo que era peor, granizar. Eran tal su cantidad de aciertos que, pese a su juventud, la gente lo respetaba, demandándole constantemente por su parecer sobre  si esa semana sería buena para la siembra del pipirigallo o para hacer la matanza del cerdo, no fuera  hacer demasiada calor y se malograsen las carnes. Pero si con sus manos o con el vaticinio del tiempo era bueno lo que destacaba en él era su mano diestra con los caballos. Tal parecía que los entendiera, y ellos a él. Con una sola mirada de aquellos ojos negros y unas suaves palabras susurradas a sus oidos, las bestias nerviosas se apaciguaban y las reacias a trabajar cumplían con su labor sin necesidad de látigo ni fusta. 

Solo existían un par de cosas en el mundo que le quitaran el sueño a Darío. La primera el ser analfabeto y la segunda, pero no por ello menos importante, una mujer.